Ayuné y nada pasó
La respuesta de Dios a quienes ayunan esperando obtener algo de Él.
Hace algunos años escuché a alguien decir: Voy a ayunar porque necesito que Dios me responda.
Entendí perfectamente lo que quería decir. Después de todo, muchos hemos llegado al ayuno con expectativas parecidas. Tenemos una decisión importante que tomar. Una puerta que queremos que se abra. Una situación que nos preocupa. Entonces dejamos de comer por un tiempo y esperamos que Dios haga algo. Pero ¿qué pasa cuando ayunamos y nada cambia?
Esa parece ser exactamente la frustración del pueblo en Isaías 58. Ellos ayunaban, se humillaban y cumplían con prácticas que Dios mismo había ordenado. Sin embargo, sentían que Dios permanecía en silencio.
Por eso preguntan:
“¿Por qué hemos ayunado, y Tú no lo ves?” (Isaías. 58:3)
La pregunta nos muestra algo en nuestro corazón. Porque, en el fondo, Israel pensaba que el ayuno le daba algún tipo de derecho sobre Dios. Habían realizado el sacrificio. Habían soportado la incomodidad. Ahora esperaban una respuesta a su favor.
Pero Dios muestra que el problema no era la ausencia de ayuno. El problema era la falta de transformación.
Porque mientras ayunaban, seguían oprimiendo a otros. Aparentaban humildad y seguían viviendo para sí mismos. Incluso levantaban sus manos en oración, mientras sus corazones permanecían sin cambio. En otras palabras, habían convertido una disciplina espiritual en una máscara de fe.
Nosotros solemos hacerlo también. Leemos la Biblia sin escuchar a Dios, nos congregamos sin amar a nuestros hermanos, oramos sin depender realmente del Señor y hemos ayunado sin arrepentirnos.
Estamos tratando las disciplinas espirituales como si fueran herramientas para mover la mano de Dios, cuando en realidad fueron diseñadas para moldear nuestro corazón.
Queremos que Dios actúe y eso esta bien, pero con frecuencia queremos que cambie todo menos a nosotros.
Por eso me gusta una frase de Sam Storms:
“El ayuno no es una forma de lograr que Dios haga lo que deseamos. El ayuno nos cambia a nosotros, no a Dios”.
Eso es exactamente lo que Isaías 58 está enseñando.
El hambre tiene una manera extraña de revelarnos quiénes somos. Nos recuerda lo rápido que nos irritamos, lo dependientes que somos y lo poco autosuficientes que realmente estamos. Cada vacío en el estómago se convierte en una confesión: “Señor, te necesito más de lo que necesito esto”.
Por eso el ayuno bíblico nunca fue una demostración de fortaleza espiritual. Siempre fue una admisión de debilidad espiritual. Y cuando Dios describe el ayuno que Él desea, resulta llamativo que casi deja de hablar de comida.
En cambio, habla de justicia, de compasión, de libertad para los oprimidos y de compartir el pan con el hambriento. Porque el verdadero ayuno no termina cuando termina la abstinencia. Continúa en la forma en que tratamos a las personas que nos rodean.
No se trata solo de dejar de comer, sino de si estamos aprendiendo a amar como Dios ama.
Y ahora caigo en cuenta que ninguno de nosotros ha ayunado perfectamente. Todos hemos mezclado nuestras mejores prácticas espirituales con orgullo, autosuficiencia o deseo de controlar los resultados. Pero ahí es donde vemos a Jesús.
Él es el único que nunca utilizó las disciplinas para exaltarse a sí mismo. Su obediencia fue perfecta. Su dependencia del Padre fue completa. Su amor por los necesitados fue constante. Jesús no solo enseñó el verdadero ayuno. Él encarnó la vida que Isaías 58 describe.
Y después fue a la cruz para cargar con el pecado de quienes hemos intentado esconder nuestra necesidad detrás de nuestras prácticas religiosas.
Por eso el propósito final del ayuno no es hacernos sentir más espirituales, sino hacernos conscientes de cuánto necesitamos a Cristo.
Tal vez la próxima vez que ayunemos debamos cambiar la pregunta, de “¿Qué quiero que Dios haga?” a “¿Qué quiere Dios hacer en mí?”. Porque el mayor regalo del ayuno no es obtener aquello que pedimos. Sino conocer más profundamente a Aquel que ya se entregó por nosotros.



Hace mucho tiempo no ayunaba y hace poco le comenté a mi esposo para separar un tiempo y poder hacerlo juntos. Tu post me ha ayudado a saber cómo debo ir a ese tiempo: no teniendo el foco en mi petición sino en Dios moldeando mi corazón ¡Gracias!
Gracias Uriel por escribir, es muy fácil querer hacer esos negocios con Dios, nuestra "obediencia" a medias a cambio de su bendición. Nosotros hacemos ayuno congregacional todos los finales de mes, voy a compartirlo con los hermanos para que siempre tengamos en mente el verdadero motivo del ayuno. 🙏🏼