Más allá de ¿Está Permitido?
Cómo el evangelio transforma nuestra manera de enfrentar los asuntos grises
Algunas de las preguntas más frecuentes entre los cristianos no tienen que ver con doctrinas complejas ni con pasajes difíciles de interpretar. Más bien, surgen en los llamados “asuntos grises”.
¿Puedo escuchar esta música? ¿Puedo ver esta película? ¿Puedo celebrar esta festividad? ¿Puedo tomar una copa de vino? ¿Puedo participar en esta actividad?
La pregunta suele formularse de la misma manera: ¿Tengo permitido hacer esto? Pero, cuando llegamos a Romanos 14 descubrimos que Pablo está tratando de llevarnos más allá de esa clase de razonamiento. El apóstol no centra la conversación en los límites mínimos de lo permitido, sino en la máxima aspiración de una vida rendida a Cristo.
La pregunta no debería ser: “¿Puedo hacerlo?” Si no “¿Esto honra verdaderamente al Señor?”
Esa diferencia es más fuerte de lo que parece.
Después de todo, un hijo no vive preguntándose cuál es la cantidad mínima de obediencia necesaria para evitar consecuencias. Un hijo que ama a su padre desea agradarlo. De la misma manera, el evangelio transforma nuestra relación con Dios de tal forma que dejamos de buscar únicamente reglas y comenzamos a buscar Su gloria.
Por eso Pablo afirma:
“Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo; pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos” (Romanos 14:7–8).
Es para observar donde está el centro de gravedad del argumento. Pablo no está construyendo una lista universal de actividades permitidas o prohibidas. Está recordándonos a quién pertenecemos.
Como creyentes no tomamos decisiones simplemente preguntándonos qué deseamos hacer. Tampoco pensando en qué le parece razonable. El énfasis del creyente es: “¿Cómo puedo honrar mejor a Aquel que me compró con Su sangre?”
El evangelio nos conduce entonces a buscar en Dios y en Su Palabra la mejor manera de vivir para Su gloria en cada circunstancia particular.
Y es precisamente aquí donde la enseñanza de Pablo nos protege a mi parecer de dos errores opuestos que aparecen con frecuencia dentro de la iglesia.
El primero es el autoritarismo espiritual. A lo largo de la historia, algunos líderes han confundido sus preferencias personales con los mandamientos de Dios. Lo que comenzó como una convicción prudencial termina siendo presentado como una obligación universal para todos los creyentes.
En esos ambientes, la madurez cristiana deja de medirse por fidelidad a Cristo y comienza a evaluarse por conformidad a una determinada cultura religiosa. Y la conciencia humana intenta ocupar el lugar que únicamente corresponde a la Palabra de Dios.
Jesús confrontó repetidamente este problema en los líderes religiosos de Su tiempo. Ellos habían multiplicado regulaciones humanas hasta el punto de oscurecer el verdadero propósito de la ley de Dios. El resultado no fue una comunidad más santa, sino una comunidad más pesada.
Donde Dios ha dejado libertad, nosotros no tenemos autoridad para imponer esclavitud.
Pero existe otro peligro igualmente serio. Vivimos en una generación que tiene acceso a más contenido cristiano que cualquier otra en la historia. Sermones, podcasts, videos, conferencias, redes sociales, libros y comentarios están disponibles a solo unos segundos de distancia.
Paradójicamente, esta abundancia de recursos ha producido en muchos creyentes una dependencia creciente de voces externas para tomar cada decisión espiritual.
Algunos cristianos parecen incapaces de formar una convicción personal sin antes consultar qué opina su predicador favorito, un influencer cristiano, una figura pública respetada o cualquier voz con suficiente influencia.
La búsqueda sincera de discernimiento ha sido reemplazada, en ocasiones, por la simple externalización de la conciencia.
Pero Pablo escribe:
“Cada cual esté plenamente convencido según su propio sentir” (Romanos 14:5).
Estas palabras no promueven el individualismo moderno ni la autonomía absoluta. Pablo no está diciendo que la verdad sea relativa o que cada persona pueda definir su propia moralidad.
Lo que está diciendo es que, en asuntos donde las Escrituras no emiten un mandato explícito, cada creyente tiene la responsabilidad de desarrollar convicciones personales delante de Dios.
La madurez cristiana implica aprender a pensar bíblicamente.
Implica estudiar las Escrituras, cultivar sabiduría, examinar los motivos del corazón, buscar seriamente la gloria de Dios y después de todo eso, actuar con una conciencia limpia delante del Señor. Esto requiere más trabajo que simplemente obedecer una lista impuesta por otros. Pero también refleja una relación más profunda con Cristo.
Después de todo, Dios no está formando seguidores de reglas. Está formando hijos e hijas que aprenden a caminar con Él.
Por supuesto, esto no elimina la necesidad de consejo pastoral ni de comunión con la iglesia. La sabiduría bíblica siempre escucha a otros creyentes con humildad. Ningún cristiano madura en aislamiento.
Sin embargo, existe una diferencia entre recibir consejo y delegar la responsabilidad moral.
La iglesia puede orientar. Los pastores pueden advertir. Los hermanos pueden aconsejar. Pero nadie puede sustituir la responsabilidad personal de vivir delante del rostro de Dios.
En los asuntos secundarios, cada creyente deberá responder finalmente al Señor por las decisiones que tomó.
Y por eso cambia la pregunta con la que iniciamos. Ya no buscamos simplemente determinar cuánto podemos acercarnos al límite sin cruzarlo.
Buscamos discernir qué decisión refleja mejor nuestro amor por Cristo.
La pregunta ya no es: “¿Está permitido?”
Y se convierte en “¿Qué decisión honra más a mi Señor?”



En mi etapa de bebé espiritual pensaba en hasta dónde puedo hacer algo y no constituye pecado...era como que negociable con Dios. Me gusta mucho cómo explicas que parte de ir madurando en la fe es ir cambiando esa perspectiva sobre nuestra relación con Dios, las áreas grises y el pecado.
Es más fácil y cómodo seguir las reglas de una persona de la cual vemos su inmediata aprobación o desaprobación que detenernos a conocer a Cristo, escucharlo y creerle, especialmente cuando sabemos que hicimos lo que sabemos le agrada a Dios y sufrimos por ello.