¿Olvidamos la gracia?
El Evangelio no solo nos muestra como somos salvos, también transforma la manera en que vivimos día a día.
Un día le preguntaron a C. S. Lewis cuál era la diferencia entre el cristianismo y todas las demás religiones. Su respuesta fue tan breve como profunda:
—La gracia.
Y es que mientras toda religión presenta el camino del hombre hacia Dios, el evangelio anuncia algo completamente distinto: Dios descendió para buscar a pecadores que jamás podrían alcanzarlo por sí mismos. Aunque esta diferencia parece sencilla, vivir a la luz de ella resulta mucho más difícil.
Muchos cristianos confiesan que fueron salvos por gracia. Saben que Cristo hizo lo que ellos nunca podrían hacer y que la salvación es un regalo inmerecido. Pero, casi sin darse cuenta, comienzan a vivir como si ahora dependiera de ellos conservar el favor de Dios.
Creemos que Dios nos recibe por gracia, pero también creemos el solo esta complacido con nosotros por nuestro desempeño.
Cuando tenemos una buena semana espiritual —oramos, leemos la Biblia, vencemos una tentación— sentimos confianza para acercarnos a Él. Pero cuando caemos en pecado, actuamos como si Dios hubiera levantado un muro entre Él y nosotros. Dejamos de orar con libertad, dejamos de servir y nos escondemos, como Adán en el huerto.
Eso, aunque no nos hayamos dado cuenta, revela que en el fondo, seguimos confiando más en nuestras obras que en la obra de Cristo.
Hace algunos años escuché a un misionero compartir una experiencia que me hizo reflexionar. Después de predicar sobre la oración y la santidad, confesó que había caído en pornografía. Mientras regresaba a casa, presenció un accidente automovilístico. Él sintió un fuerte impulso de detenerse y orar por la persona herida, pero no lo hizo porque pensó que, después de haber pecado, Dios no podría usarlo. Su conclusión fue enfatizar la importancia de la santidad.
Y ciertamente la santidad importa. La Escritura jamás minimiza el pecado. Pero mientras escuchaba ese testimonio pensé en otra posibilidad. ¿Qué habría pasado si hubiera obedecido ese impulso?
No porque Dios aprobara su pecado, sino porque el poder de Dios nunca ha dependido del mérito humano. Si así fuera, ninguno de nosotros podría ser usado por Él. Después de todo, Dios ya conocía perfectamente el pecado de aquel hombre antes de llamarlo al ministerio, antes de salvarlo y antes de aquel accidente.
Con frecuencia pensamos que nuestra utilidad para Dios depende de nuestra perfección, cuando en realidad depende de Su gracia. Eso no disminuye la gravedad del pecado; magnifica la suficiencia de Cristo.
Pablo enfrentó exactamente esta tensión. Predicó un evangelio tan centrado en la gracia que algunos lo acusaron de promover el pecado:
¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? (Romanos 6:1).
Su respuesta fue muy clara:
¡De ningún modo!. (Romanos 6:2).
La gracia no produce libertinaje; produce una nueva vida. Quien ha sido unido a Cristo ya no desea permanecer en aquello de lo que fue rescatado. No obedece para ganar el amor de Dios; obedece porque ya ha sido amado. Ese es el orden del evangelio.
No hacemos buenas obras para convertirnos en hijos de Dios. Hacemos buenas obras porque ya somos Sus hijos. Tampoco obedecemos para ser aceptados, sino porque fuimos aceptados en Cristo. Y definitivamente luchamos contra el pecado para ganar la gracia. Luchamos porque la gracia ya nos alcanzó.
Cuando olvidamos ese orden, caemos en alguno de dos extremos. El primero es el legalismo: creer que nuestro desempeño determina nuestra relación con Dios. El segundo es el libertinaje: pensar que la gracia hace irrelevante la obediencia. Pablo rechaza ambos.
La gracia que justifica también transforma. Y la transformación nunca reemplaza a la gracia que la hizo posible. Quizá la pregunta que necesitamos hacernos no es si creemos en la salvación por gracia. Sino si vivimos como personas que realmente creen que Cristo es suficiente.
Porque el creyente madura cuando aprende a arrepentirse cada día sin dejar de descansar en la misma gracia que lo salvó el primer día.
Ese es el llamado del evangelio, andar en arrepentimiento y fe, como personas que han pasado de muerte a vida, no confiando en sus obras, sino en Aquel cuya obra fue perfecta y suficiente para siempre.



Qué desgastante vivir de esa manera, porque nunca seremos perfectos mientras estemos en este cuerpo de pecado y en este mundo caído. Y que triste que, habiéndose sacrificado Cristo para acercarnos a Él, nos alejemos en lugar de pedir la misericordia y gracia que necesitamos cada día. Recuerdo la advertencia de Pablo a los gálatas, cómo al pretender agradar a Dios por nuestras obras despreciamos Su gracia. Separados de Cristo y caídos de la gracia, son los términos que usa. Que el Señor nos ayude, porque la tentación de caer en los dos extremos que mencionas siempre está presente
Amén! Cómo necesitaba recordar esto!